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Mi cáncer, el de mis cercanos y el de los miles de chilenos que no se enteraron

La pandemia llevó a que entre un 40 a un 70% de enfermos de cáncer no fueran diagnosticados a tiempo. Hoy, con el virus en baja, los diagnósticos se han triplicado, y las horas al oncólogo están copadas hasta noviembre.

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  • Belén Muñoz

  • Viernes 15 de octubre de 2021 | 09:19

Hace cinco años me vine al suelo. Por trabajo estaba a casi cinco mil metros de altura en la frontera de Chile con Bolivia y lo último que vi fueron puntos de colores. Mi saturación de oxígeno llegó a 68 (lo normal es más de 95), me recuperé un día en Calama y partí tosiendo desde Antofagasta en avión a Santiago. Todo lo que no se debe hacer.

El scanner de tórax que me hicieron diagnosticó que tenía edema pulmonar y una extraña mancha en el pulmón derecho de 7 mm: un nódulo pulmonar de vidrio esmerilado que según la estadística puede convertirse en cáncer el 30% de las veces. Estadística que disminuye si eres mujer, joven y no fumas.  ¿No fumar? Como todo no fumador soy fumadora pasiva: hasta ese momento me había pasado 35 años al lado de amigos, amigas y parejas que me han fumado encima, o desconocidos sentados en la mesa de al lado del restorán de turno que esparcen el humo.

Partí haciéndome exámenes cada tres meses, luego seis y como el nódulo permanecía intacto, la medicina indicaba repetirlo cada dos años. El último me lo hice en marzo de 2018 y tocaba de nuevo cuando estalló la pandemia. Pero terminó la primera fase de cuarentena y más me urgía mi melena maltrecha que un examen al pulmón.

En Chile la primera causa de muerte son los problemas circulatorios e históricamente le seguía el cáncer, hasta que el Covid con su fuerza brutal vino a desplazarlo del segundo lugar. Al igual que yo, el 70% de chilenos, según cifras dadas a conocer por el Minsal, con necesidad de controlar un posible cáncer o con síntomas claros, no fuimos al médico ni nos hicimos exámenes: la idea de contagiarnos de Covid en una sala de espera era real, ¿tener cáncer?, una mera ficción.

Según un estudio del Departamento de Estadísticas de la Universidad de Chile, los subdiagnosticados fueron principalmente mujeres, jóvenes menores de 30 años y adultos mayores de 70.  Ponerle empeño en ir al doctor tampoco ayudaba mucho: las unidades oncológicas estaban destinadas a salvar a los enfermos de Covid y los exámenes fuera de urgencia se suspendieron. El doctor Jorge Gallardo, miembro de la Sociedad de Oncología de Chile y Coordinador de Oncología de la Clínica Indisa, lo explica así: “cuando los recursos son limitados el Estado debe priorizar, como los enfermos de cáncer suelen ser personas mayores, se decidió salvar a los enfermos jóvenes que padecían el virus”. Darwinismo social, pensé.

 Las señales

El Dr. Mauricio Osorio, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago, cirujano infantil y experto salubrista, explica en números que en el año y medio que llevamos en pandemia, han fallecido 48.000 personas asociados al Covid con una tasa de muerte de 2,3% (el número oficial es en torno a los 37.000).

El cáncer en 2020 mató a 30.000 y enfermó a 50.000. Una tasa de muerte del 33%. Pero el Dr Osorio lo explica clarito: De Covid te puedes morir a los 14 días y hay que actuar de inmediato, el cáncer, puede tardar mucho tiempo. “ Es como tener poca plata en la billetera y decidir en qué gastarla primero, por supuesto vas a ir por la primera necesidad”.

Las señales a mi alrededor empezaron un domingo de noviembre: mi papá – neurólogo- amaneció con 39  grados de fiebre que venía cubriendo a punta de paracetamol  y un dolor al abdomen: clarísimo para nosotros, se contagió del virus en el banco. Partió a la unidad de Covid en la Clínica Alemana: PCR negativo y la razón de la fiebre fue un absceso en el intestino que un mes más tarde mostró que se había desarrollado al lado de un tumor del porte de un melón calameño. El diagnóstico fue cáncer de colon y 12 quimioterapias.

A la semana siguiente la pareja de mi mejor amiga, que había enterrado a su madre fallecida por Covid tres semanas antes, sintió también un fuerte dolor de estómago que lo atribuyó a la pena. A diferencia de mi papá no tenía Isapre, si no que Prais, el seguro de salud que se le entrega a los familiares directos  de ejecutados, desaparecidos y torturados en dictadura.

Llegó a la urgencia del Hospital Salvador y al día siguiente lo supimos con la operación: Andrés, de 45 años, tenía un cáncer colorectal para lo que sólo quedaban cuidados paliativos. Le dieron tres meses de esperanza de vida y hora con el sicólogo del sistema público para cuatro meses después. Andrés murió estando en los huesos en julio de este año.

Mi tío, de 67, fue el tercero. Tenía un lipoma del tamaño de un limón en la espalda, una bolita de grasa inocente hasta que se convirtió en cáncer. Simultáneamente una amiga de mi edad se hacía post pandemia un papanicolau que mostró principios de cáncer cérvico uterino, y una amiga de 38 años me contaba desde Australia sobre su cáncer de mama invasivo.

Y… me tocó la señal encima: a mi prima de 50 años le encontraron un nódulo igualito al mío que podría ser cáncer. Dos días antes de operarse me insistió que me hiciera mi Tac: un año y medio más tarde de lo que correspondía.

 Mi Cáncer

Partí el 10 de agosto a la Fundación Arturo López Pérez y al día siguiente supe que mi nódulo había mutado: medía 11 milímetros, tenía forma de una pequeña dona y el diagnóstico de un adenocarcinoma que sugería cirugía inmediata. Como bonus track, dos nódulos de 3 y 5 milímetros me aparecieron en el pulmón izquierdo. Lloré cinco minutos en la sala de espera y me fui rápido, por temor a que me pegara el Covid.

Mi madre es broncopulmonar y aunque estoy segura que conoce el pulmón como nadie, dijo: esto puede no ser nada y mi papá insistía que era un hongo, aunque todos los papers que he leído después dicen que éstos no crecen.

A mis 40 años comenzó el negacionismo de mi entorno, como he visto que les ha pasado a todos los que somos jóvenes para andar yendo al oncólogo. Al examinarte desde el cardiólogo que te toma el test de esfuerzo hasta la técnico en enfermería que te saca sangre, te dicen lo mismo: “tan jovencita, pucha la mala suerte, le va a cambiar la vida”. Exactamente la misma frase que me decía el personal de salud cuando me embaracé a los 21 años.

“Hizo cáncer”. Así me cuenta mi psicólogo que los médicos nos llaman a los que nos enfermamos. Como si uno agarrara un trozo de plasticina y se fabricara con dedicación un tumor a lo largo del tiempo, y le hace hoyitos y bordes irregulares para hacerlo más nocivo.  

Y empiezan las teorías de tus cercanos: alguien me dijo que mi cáncer fue un amor difícil que se hizo bolita, otro que me pasó por mañosa, un amigo que mi problema es soltar y eso se relaciona con respirar, otra conspiró contra la Coronavac y una de las personas que más quiero en el mundo, a modo de consuelo me escribió que mi “supuesto cáncer iba a ser más chanta que el cuello ortopédico de la Kenita Larraín”.

Cerré el WhatsApp para la lista de los que aparecían consolando hasta con datos de pelucas y con toda la pachorra del mundo dije “esto no me bota”. Esta reportera, no buscó ni un solo dato en Google. La fantasía puede ser peor que la realidad, me dije.

El Dr. Claudio Suárez de la Clínica Santa María me operó el 25 de agosto. El especialista cuenta que en esa clínica, al igual que cifran en la Indisa, los pacientes con cáncer se han triplicado respecto al año pasado.

El Dr. Osorio con la mirada de la salud pública dice que ahora van a aparecer muchas enfermedades retrasadas, donde la prioridad es el cáncer que arremeterá en etapas más avanzadas, “hubo retraso por distintas razones y las consultas oncológicas están llenas, con pacientes que ya tienen retraso en el diagnóstico y en el tratamiento”.

Reconoce eso sí el avance de la vacuna, porque con esto podremos volver a chequearnos. Aunque también establece una relación: “todo lo inmunitario tiene que ver en cómo se está como ser humano. Hay personas con más inmunidad que otras, lo que no tiene nada que ver con lo genético. Si tenemos una población general confinada por meses, mal alimentada y  salud mental afectada, va a repercutir en la salud inmunitaria y los llevará enfrentarse a la enfermedad de manera distinta”.

Para Gallardo hubo un subdiagnóstico, mucha gente murió de cáncer y no se enteraron. Y en los servicios públicos la desigualdad se ha hecho presente con el menor acceso a la educación en salud: ésa que no hace pensar que esa tos, ese dolor de estómago, esa depresión, ese cansancio repentino que no se fue puede ser cáncer. Y para los que se atendieron por zoom, no fue suficiente. Según el Dr. Gallardo, la telemedicina queda corta. Y el doctor Osorio hace hincapié en cómo nos volverán a jugar en contra la inequidad en accesos a la salud.

 La Nueva Pandemia

 Lo publicó hace un mes el ex Ministro Jorge Jiménez de la Jara en la revista inglesa Lancet Oncology: el cáncer será la nueva pandemia después de esta pandemia. Sólo en Chile se vislumbra en base a un estudio de proyección realizado en la Universidad Católica, que en los próximos años aumenten las muertes en 7.000 casos anuales. Es decir, cada año morirá por cáncer la cifra récord oficial que hoy vivimos por los confirmados de Covid, en un tercio menos de tiempo.

A esto el Dr. Gallardo suma el estilo de vida. “ El cáncer más frecuente en Chile es el cáncer gástrico, que estamos igualando al de Argentina y Uruguay” . ¿ El factor común?, el tremendo consumo de carnes rojas casi carbonizadas. “ Un pedazo grande carne a la parrilla con harta grasa, equivale en daño a fumarse 61 cigarros en un día”, explica. En un Chile que se hace más gordo se acrecienta la posibilidad de padecer de estos cánceres, donde la obesidad y el sedentarismo son los principales factores de riesgo.

Cuando despiertas después de una operación al pulmón sientes que te están acuchillando por la espalda, la costilla y en mi caso una pechuga. Intentas pegar un grito pero el aire que sale y entra de los pulmones, duele como si estuvieras pariendo por el pecho. Ni hablar de una bocanada y hasta la analgesia de la morfina se hace costumbre. Como extra, las mujeres tenemos los huesos de las costillas mucho más estrechos que los hombres, entonces la manguerita que te drena el pulmón- en mi caso por 10 días, debe abrirte los huesos. Les juro, que ningún placer del tabaco, merece pasar por este dolor.

Hoy veo en mi cuerpo tres cicatrices, la principal de 10 centímetros en la espalda que quería tapar para siempre. Hasta que un primo al que el Covid lo mandó  al quirófano me mandó un texto que dice que “las cicatrices son las costuras de la memoria”. Vi poesía en mi tajo que parece una cerradura.

Mi diagnóstico fue cáncer al pulmón encapsulado. En seis meses me dijo mi médico, que probablemente mi cuerpo, que sabiamente lo había retenido, no habría podido seguir conteniéndolo y habría pasado a la triste estadística de un 10% de posibilidades de sobrevida de unos cinco años. “ De la que me salvé”, fue lo primero que pensé, pensando en mi hija de 18 años y que esto se había acabado.

Pero soy paciente cancerígena por los próximos cinco años y el Tac de pulmón va a ser mi cita segura cada dos meses para controlar que los pequeños nódulos nuevos del lado izquierdo no muten en mala persona. Una persona que a mi edad ya tuvo este cáncer, tiene un 25% de posibilidades de tenerlo de nuevo.

Hoy no tengo cáncer, pero siento una bomba de tiempo, que gracias a los controles médicos no va a estallar. En Chile los exámenes preventivos para las mujeres son la mamografía y el papanicolau. Para los hombres la próstata. Si tienes antecedentes genéticos una colonoscopía a los 40, si eres fumador (no pasivo) un scanner de tórax después de los 60 años.

Si yo no me hubiese venido al suelo en 2016, seguiría en el llamado paraíso de los tontos, sin entender ese cansancio repentino que me hacía caer y en seis meses más me tendría con quimioterapias. Yo tuve una segunda oportunidad porque las señales me gritaron, los 1.500 chilenos que se estima murieron subdiagnosticados de cáncer y los siete mil que se espera que se sumen, no.

Nota: Marisol Olivares

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